Niños
He tenido una semana bastante movidita. Viaje para allá, jugar, volver, volver a marchar, juegan los niños, volvemos, volvemos a irnos... un caos (claro, que ya me gustaría estar así siempre, que mola)
Con todo, y sin entrar en más historias sobre mi viaje a Oporto (pondré un pequeño post sobre esto porque merece algo de atención) hoy tengo que hablar de los niños, mis niños.
Este fin de semana, después de venir de jugar yo y pasar un viaje Oporto - Santiago mirando por la ventana reflexionando sobre mi juego, perspectivas y todas esas cosas que uno se plantea cuando tiene un mal momento de forma, pues tuve que cambiar el chip porque el club tenía una cita importante. Jugábamos un torneo por equipos que se tiene por muy importante (sobre todo entre los chavales). Nuestras grandes bazas están en los más pequeños. Alguna vez ya os he hablado de mis niños. Mi Luis, Mi Lucas, mi Andrés... hay más, pero uno siempre le da algo más de mimos a los que entrena, y estos tres junto con mi Fátima (que no pudo venir) son los míos.
He visto 31 niños que iban todos ilusionados con la sudadera del club, y su polo correspondiente, que se pasan el día mareándonos (a los monitores) sin parar, corriendo de aquí para allí. Vi a Jorgito (5 años, el más pequeño de todo el torneo) escapárseme por el bus adelante metiéndose por debajo de los asientos, a 3 de ellos jugando al escondite... en el bus!!! (y no es tan fácil para el que panda como parece...). Vi el viernes a los otros 40 niños del club que no estaban seleccionados para ir pidiéndoles a los que sí iban que ganaran.
Es cierto que soy un poco tonto con ellos, que soy una nenaza vamos! pero es que se me cae la baba al estar con ellos. Me he pasado uno de los mejores fines de semana en mucho tiempo. Y para colmo, el equipo de benjamines (9 y 10 añitos), que salía con opciones de quedar arriba empezó haciendo muy buen torneo y solo perdió con el que llegó al domingo de líder. Se fueron tristones a dormir el sábado porque creyeron que ganarían el torneo. Procuré decirles que era importante que no renunciaran, que intentaran seguir ganando sus partidas y que si se podía ganar ganaríamos, pero que si no pues quedaríamos segundos, terceros, o lo que fuera. Que eso estaba muy bien, y todas esas historias que para los mayores son ñoñas sobre que el objetivo es esforzarse y todo eso. Pues lo que me enamora de estos renacuajos es que te entienden, y ellos sí lo van haciendo y comprendiendo. Les duele más que a nadie perder, porque a los niños les gusta ganar. Pero no tienen los sesgos que tenemos nosotros. Ellos acaban entendiendo que si se esfuerzan habrán hecho lo posible. Están en otro mundo. Todavía no están viciados. Me preguntaron si ganando los tres últimos enfrentamientos podrían ganar el torneo. Les pedimos que se olvidaran de los demás y jugaran. Jugaron más alegres que nunca. Metieron 3-0, 3-0 y 3-0. El líder pinchó. Luis se echó las manos a la cara cuando ganaron la última. Lucas se me tiró encima y Samuel se quería subir a caballito. Niños. Cuando recogían el premio de campeones, los otros 28 niños del club les aplaudieron a rabiar desde las primeras filas.
Al volver a Vilagarcía, Lucas (9 años) iba sentado en medio del equipo de las niñas de su edad. El padre me dijo que tenía que enseñarle a él a jugar. Su hermano mayor, que también juega, no hizo muy buenos resultados. Eso sí, estaba tan contento como Lucas. Niños.
Con todo, y sin entrar en más historias sobre mi viaje a Oporto (pondré un pequeño post sobre esto porque merece algo de atención) hoy tengo que hablar de los niños, mis niños.
Este fin de semana, después de venir de jugar yo y pasar un viaje Oporto - Santiago mirando por la ventana reflexionando sobre mi juego, perspectivas y todas esas cosas que uno se plantea cuando tiene un mal momento de forma, pues tuve que cambiar el chip porque el club tenía una cita importante. Jugábamos un torneo por equipos que se tiene por muy importante (sobre todo entre los chavales). Nuestras grandes bazas están en los más pequeños. Alguna vez ya os he hablado de mis niños. Mi Luis, Mi Lucas, mi Andrés... hay más, pero uno siempre le da algo más de mimos a los que entrena, y estos tres junto con mi Fátima (que no pudo venir) son los míos.
He visto 31 niños que iban todos ilusionados con la sudadera del club, y su polo correspondiente, que se pasan el día mareándonos (a los monitores) sin parar, corriendo de aquí para allí. Vi a Jorgito (5 años, el más pequeño de todo el torneo) escapárseme por el bus adelante metiéndose por debajo de los asientos, a 3 de ellos jugando al escondite... en el bus!!! (y no es tan fácil para el que panda como parece...). Vi el viernes a los otros 40 niños del club que no estaban seleccionados para ir pidiéndoles a los que sí iban que ganaran.
Es cierto que soy un poco tonto con ellos, que soy una nenaza vamos! pero es que se me cae la baba al estar con ellos. Me he pasado uno de los mejores fines de semana en mucho tiempo. Y para colmo, el equipo de benjamines (9 y 10 añitos), que salía con opciones de quedar arriba empezó haciendo muy buen torneo y solo perdió con el que llegó al domingo de líder. Se fueron tristones a dormir el sábado porque creyeron que ganarían el torneo. Procuré decirles que era importante que no renunciaran, que intentaran seguir ganando sus partidas y que si se podía ganar ganaríamos, pero que si no pues quedaríamos segundos, terceros, o lo que fuera. Que eso estaba muy bien, y todas esas historias que para los mayores son ñoñas sobre que el objetivo es esforzarse y todo eso. Pues lo que me enamora de estos renacuajos es que te entienden, y ellos sí lo van haciendo y comprendiendo. Les duele más que a nadie perder, porque a los niños les gusta ganar. Pero no tienen los sesgos que tenemos nosotros. Ellos acaban entendiendo que si se esfuerzan habrán hecho lo posible. Están en otro mundo. Todavía no están viciados. Me preguntaron si ganando los tres últimos enfrentamientos podrían ganar el torneo. Les pedimos que se olvidaran de los demás y jugaran. Jugaron más alegres que nunca. Metieron 3-0, 3-0 y 3-0. El líder pinchó. Luis se echó las manos a la cara cuando ganaron la última. Lucas se me tiró encima y Samuel se quería subir a caballito. Niños. Cuando recogían el premio de campeones, los otros 28 niños del club les aplaudieron a rabiar desde las primeras filas.
Al volver a Vilagarcía, Lucas (9 años) iba sentado en medio del equipo de las niñas de su edad. El padre me dijo que tenía que enseñarle a él a jugar. Su hermano mayor, que también juega, no hizo muy buenos resultados. Eso sí, estaba tan contento como Lucas. Niños.

3 Comments:
At 10:46 p. m.,
Anónimo said…
ayayayayay, mira como se le cae la baba!!
Y mañana que? espero que no halla un "fallo general" en el equipo
At 3:42 p. m.,
Anónimo said…
Ay, Julito, vas a ser un gran padre... ya te veo rodeado de miles de hijos y nietos, en tu casita encima del ex-pub Museo. No envidio a la madre de tus hijos...
At 4:36 p. m.,
Anónimo said…
vaya padrazo estas hecho... k hizo el "no lo se"?
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