Segundas oportunidades
No es usual que las grandes oportunidades perdidas se presenten dos veces. De hecho es tan poco común que las buenas segundas partes se citan entre suspiros, para no gastarlas demasiado. El fútbol, otra vez el fútbol, crea a veces situaciones de cierto misticismo. Y la verdad es que a mi me gustan mucho estas cosas.
La Champions, esa competición que guarda el tarro de las esencias, esa que gusta por su magia sin dosificar, esa que todos quieren jugar, vuelve a entregar un partido de los que ya ha pasado a la historia antes de jugarse.
Liverpool y Milán siempre serían ya Estambul. Y eso dolía en Milán más que la caída del imperio romano. Aquel partido fue épico para cualquier ojo que lo viera (e incluso para los que no), trascendió al hecho futbolístico y al juego en sí. El gran partido del año, la final de la mejor competición del año. Un partido, 90 minutos. Milán fue la única ciudad representada durante la mitad del partido. Todos asumimos que era ya una final sin historia, pero la Champions es como una película de las que te queda un resabor soso hasta que la entiendes. Algún día le contaré a mis nietos aquel partido.
Y como un ciclo vital, de los que se acaban cerrando con el paso de los años, se vuelven a encontrar en la misma situación. Ayer Gattuso, ese guerrero del siglo XXI, enaltecía lo más rudo de los suyos porque es consciente de que llevaba dos años arrodillado impotente ante la gran afrenta. Nadie quisiera ser la Armada Invencible, que fue como ejército imbatible y acabó naufragando. Nadie quisiera ser Goliath. Nadie quisiera ser el que lo tuvo todo ganado y lo perdió. Todos querrían una segunda oportunidad porque saben que de mil veces solo perderían una, pero fue la que tocó. Si en Milán supiesen desde el principio que el Liverpool llegaría a la final, hubieran arrasado con todo sin dejar ni jugar a los rivales. Porque saben que las segundas oportunidades no suelen existir. Es su oportunidad de levantarse, de sacar la cabeza del pozo donde metieron su orgullo.
Liverpool, una plantilla menos valorada que muchas de las favoritas, llega a la final otra vez sin que nadie hubiera apostado por ellos. Milán, un equipo deshauciado al principio de temporada, vuelve a la final porque, como escribe hoy algún diario "hay equipos que acuden a las citas aunque sea en harapos". ¿Cómo puede ocurrir esto cuando tantos otros rivales parecían mejores? Simplemente porque la Champions quiso dar una segunda oportunidad a Milán. Y evidentemente la quieren, porque los grandes son así. Porque es la única oportunidad de levantar la cabeza. Nadie que lo sufriera en el campo habría podido conciliar el sueño desde aquella.
Alea jacta est. Milán vuelve a ser el gran favorito. Milán tiene una segunda oportunidad. Pero que tengan cuidado, porque no he visto a nadie tener una tercera. Y hay quien cree que esto son solo 22 tíos corriendo detrás de un balón...
La Champions, esa competición que guarda el tarro de las esencias, esa que gusta por su magia sin dosificar, esa que todos quieren jugar, vuelve a entregar un partido de los que ya ha pasado a la historia antes de jugarse.
Liverpool y Milán siempre serían ya Estambul. Y eso dolía en Milán más que la caída del imperio romano. Aquel partido fue épico para cualquier ojo que lo viera (e incluso para los que no), trascendió al hecho futbolístico y al juego en sí. El gran partido del año, la final de la mejor competición del año. Un partido, 90 minutos. Milán fue la única ciudad representada durante la mitad del partido. Todos asumimos que era ya una final sin historia, pero la Champions es como una película de las que te queda un resabor soso hasta que la entiendes. Algún día le contaré a mis nietos aquel partido.
Y como un ciclo vital, de los que se acaban cerrando con el paso de los años, se vuelven a encontrar en la misma situación. Ayer Gattuso, ese guerrero del siglo XXI, enaltecía lo más rudo de los suyos porque es consciente de que llevaba dos años arrodillado impotente ante la gran afrenta. Nadie quisiera ser la Armada Invencible, que fue como ejército imbatible y acabó naufragando. Nadie quisiera ser Goliath. Nadie quisiera ser el que lo tuvo todo ganado y lo perdió. Todos querrían una segunda oportunidad porque saben que de mil veces solo perderían una, pero fue la que tocó. Si en Milán supiesen desde el principio que el Liverpool llegaría a la final, hubieran arrasado con todo sin dejar ni jugar a los rivales. Porque saben que las segundas oportunidades no suelen existir. Es su oportunidad de levantarse, de sacar la cabeza del pozo donde metieron su orgullo.
Liverpool, una plantilla menos valorada que muchas de las favoritas, llega a la final otra vez sin que nadie hubiera apostado por ellos. Milán, un equipo deshauciado al principio de temporada, vuelve a la final porque, como escribe hoy algún diario "hay equipos que acuden a las citas aunque sea en harapos". ¿Cómo puede ocurrir esto cuando tantos otros rivales parecían mejores? Simplemente porque la Champions quiso dar una segunda oportunidad a Milán. Y evidentemente la quieren, porque los grandes son así. Porque es la única oportunidad de levantar la cabeza. Nadie que lo sufriera en el campo habría podido conciliar el sueño desde aquella.
Alea jacta est. Milán vuelve a ser el gran favorito. Milán tiene una segunda oportunidad. Pero que tengan cuidado, porque no he visto a nadie tener una tercera. Y hay quien cree que esto son solo 22 tíos corriendo detrás de un balón...

3 Comments:
At 10:15 p. m.,
Anónimo said…
Estoy completamente de acuerdo en eso de que el Milán salió con un extra de motivación sabiendo que el Liverpool le esperaba en Atenas...
At 6:31 p. m.,
Anónimo said…
actualiza ya!!!. Estoy loco por ti. Escribes genial y seguro que estas buenísima. No puedo esperar a leer el siguiente articulo costumbrista.
At 6:55 p. m.,
Anónimo said…
Donde carallo andas. Nos falta la dosis.
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