No Somos Nadie

martes, diciembre 25, 2007

La mesa de casa de la abuela

En edtad fechas tan entrañabled, la deina y yo quedemos enviar un menzaje de paz y serenidad... ¡Ah! no, esto no era. Yo venía aquí a hablar de una mesa.

Hay una mesa en casa de mi abuela que me gana siempre. Es la mesa donde se cena en Nochebuena, nochevieja y se come en Navidad y año nuevo. Por cosas familiares, yo no paso todas esas fechas allí, algunas me voy a 300 metros a mi familia materna, pero el caso es que ayer pasé por la tarde a ver a mi abueliña para saludar antes de ir a cenar al otro lado (previo paso por la mejor costumbre conocida que son las cañas de nochebuena antes de la cena. Otro día lo cuento).

Allí entré en casa de la abuela y estaba mi tío Seso cavilando como sacar la famosa mesa de la habitación donde pasa todo el año (sin usarse) para llevarla al salón para cenar. Desmontamos la tabla de arriba y la llevamos por piezas, pero el armazón no se desmonta (como su propio nombre indica), y hay que sacarlo con un juego de movimientos dignos de Magic Johnson. Y ahí empezamos con las míticas: "deja, deja, que ya sé cómo es". "No, así no, que ya la sacamos siempre y no es así". "De este lado, tiene que ir de este lado". Mi hermano se incorporó a la tarea vacilando a "dous homes que non saben sacar unha mesa, carallo". Y tampoco él pudo. Malditos 45 minutos estuvimos girando de todas las maneras posibles la famosa mesa y mi abuela se reía, mi tía sentada en el suelo metiéndose con nosotros (luego se quiso unir en plan salvadora y nada). En palabras de mi tío "mucha carrera de dios, mucho ajedrez de los cojones y no sabemos sacar una mesa de una habitación". Dile tú que no llevaba razón.

Todos los años igual. Todos. No recuerdo sacar esa mesa sin la eterna discusión de cómo se saca, y de que "tú quita que esto es así", o de miles de maneras distintas. Uno hay en la familia que lo hace siempre. Mi primo Jorge siempre la saca fácil. Eso sí, Jorge llegaría muy tarde por cosas del trabajo y debería de estar ya con todo puesto para cenar cuando llegara. Además, como siempre es la misma historia, ya hemos estado varias veces con él para sacarla y ver el truquito. Pero allí ni Jorge ni historias. Y venga a intentarlo. Y venga a insistir en los mismos movimientos una y otra vez. Casi hago un plano allí para moverla. Tras tres cuartos de hora, no nos quedó otra que rendirnos. La impotencia que uno siento cuando tres tipos no sois capaces de sacar una mesa de una habitación es solo salvable porque tiene su historia, es Navidad, y porque había cervezas en el bar de abajo. Nos consolamos diciendo... ¡que había hinchado por la humedad y ahora no salía!

Me fui de allí, cené en casa de mis otros tíos, y hoy a la mañana me levanté para irme a casa de la abuela a ver qué carallo había pasado con la mesa. Hasta por la noche estaba pensando cómo carallo se haría. Llegué, la mesa estaba en el salón preparada ya para la comida de Navidad. Mi tío Seso, después de marchar conmigo la tarde de ayer, volvió para intentarlo. Nada. Mi tía Mila se puso seria, y nada. Carmiña lo intentó, y si no la saca Carmiña no la saca nadie. Nada. Jorge (tío) le dio al tema. Nada. Llegó Jorge (primo) a las 22.30, se cayó al suelo de la risa y se metió con todos (incluido yo hoy cuando lo vi), se fue a por la mesa, la agarró en un visto y no visto y salió con ella por el pasillo y venga, para el salón y a cenar.

Es solo una mesa, pero si vierais a tres tipos en un pasillo mirando para una mesa medio encajada en el marco de una puerta, sin saber cómo sacarla, y rendirse porque no había manera... qué viva la Navidad meu amijo.

lunes, diciembre 17, 2007

Pipo Inzaghi, un boina verde del gol

En tiempos en los que el fútbol devora futbolistas y crea efímeras ilusiones con la misma velocidad que las hace desaparecer, quedan ciertos reductos de oficio cual aldea de Astérix en medio de los campamentos romanos. Asediados por el regate imposible, el pase inimaginable, la parada milagrosa o los entrenadores que reinventan el fútbol cada domingo (todo necesario y altamente recomendable); incluso rodeados también de los justificadores de músculo y la defensa con dos por delante, de los jugadores polivalentes o que no se sabe para qué valen, de los entrenadores indescriptibles y olvidables cada lunes (todo esto también necesario, aunque menos bello que lo otro). Dentro de todo esto, decíamos, sobreviven algunas especies en extinción.

Adoro a Pipo Inzaghi. No sabría describirlo al 100%, pero sé que lo quiero conmigo. Pipo, en su eterna juventud envejecida, ha vuelto a aparecer en una final. Y van unas cuantas. Seguro que esta no es tan importante y sus dos golitos no valen tanto como si los marcara en la final de Champions. El caso es que para llegar aquí hay que ganar la Champions y él, evidentemente, marcó los dos.

Este Milán tiene su centro de gravedad en ese sueño imposible del madridismo llamado Kaká, claro que sí. Pero por delante, con menos elegancia (como si hiciera falta) está el Pipo. Cuando Shevchenko cogió billete a Londres, San Siro aguantó la respiración porque no había un delantero para ganar la Champions, pensaban. Llego la promesa de Oliveira, estaba Amoruso y algún otro tipo con palabras de crack al que el rojo y el negro le apretaban demasiado. Llegó Ronie, pero no se sabe muy bien si Ronie, en realidad, se quedó algún día en alguna fiesta nocturna y ahora es otro el que juega en su nombre. Las manos en la cabeza y Pipo, tan tranquilo, entrenando como el que más.

Y ahí está, un hombre que nació pegado al gol. Un tipo que nunca ganará un balón de oro. Un tipo que no hará tantos anuncios como Ronaldinho y que, a pesar de jugar en la posición donde los niños quieren jugar, no es nunca el gran ídolo de nadie. El Pipo Inzaghi, sin embargo, sabe que le pagan por meter goles. Y el tío los mete como el que tiene que apretar tornillos y los aprieta. De culo, de rebote, churrigoles (por acordarme del jugador más parecido al Pipo Inzaghi que conozco) pero goles.

Pipo no es brasileño, no es inglés, ni holandés. Es más, Pipo es italiano, donde los domingos al levantarte de cama te duelen las piernas de la que se van a llevar en el campo. Es italiano, de ese país donde hacer un gol es más que un sueño, es un partido ganado y eso, en Italia, es más duro que ir a la guerra. Pipo es un soldado, un boina verde del gol.

viernes, diciembre 14, 2007

Salvarse de la quema

A raíz de los comentarios al anterior tema, me veo forzado a escribir sobre estas extrañas relaciones que se me presentan con el más allá, el más acá, o el más de algún sitio.

¿Cuáles son mis relaciones con el misticismo religioso? me pregunta el amigo Saru. En realidad, compañero, no lo sé a ciencia cierta. La cuestión que planteas no es baladí. Descarto la idea de que compartir una semejanza tal en la dirección web con un lugar tan extraño tenga una razón coherente. A pesar de todo, sirve para plantearnos si estamos a tiempo de salvarnos, como tú bien dices.

La pregunta es: ¿salvarnos de qué? Parafraseando a un personaje de una deliciosa película argentina, "no creo que tengamos que salvarnos de nada, porque no nos perdimos." Quizá pueda parecer, por momentos, que nos perdemos en ciertos menesteres pero, sin duda alguna, son precisamente esas "pérdidas" las que nos salvan. Paradójicamente, solemos deambular perdidos y son las cuestiones banales y más infernales las que nos liberan de una aburrida perdición.

Quizá un día, tarde, descubramos que todo esto está orquestado por alguna cuestión superior celestial y que muchos dejarán de lado una "Starway to heaven" para escoger forzosamente una "Highway to Hell". Si así ocurriera no dudes, compañero Saru, que yo me cagaré en la leche porque nadie me hubiera avisado antes pero, más temprano que tarde, me encontraré allí a algún buen compadre con el que ajustar risas con una caña canalla. Si se me permite la comparación, esto es como tener una botellita de Brugal en casa antes de salir; hay quien se toma una sola para luego no ir vendido, pero a mi ponme ya unos hielos y luego discutimos lo que quieras...

Puede que todavía esté a tiempo de no equivocarme, como me dices sabiamente. Sabes, seguro que sí, que siempre he apreciado tus consejos. Tu visión me parece lúcida y cristalina. Discúlpame esta vez, en la que te pido permiso para equivocarme y sigo por los caminos que no llevan a ningún sitio. Si me hiciera falta, que lo hará, aparecerás con la escoba para recoger los restos. Aún así, y repitiéndolo una vez más (se hace un pequeño clásico), ya dijo Oscar Wilde que "la mejor manera de evitar la tentación, es caer en ella".

miércoles, diciembre 12, 2007

Sweet surrender

... on the quayside", que decía aquel Down to the waterline de los Dire Straits. No todas las derrotas son dulces, ni siquiera la mayoría, casi ninguna diría yo. En todo caso, hay derrotas que saben a chocolate.

Hoy pierdo una apuesta, de esas absurdas que hago constantemente sobre cosas más absurdas todavía. Lo que es más divertido es que la pierdo habiendo conseguido lo que aposté. La historia es algo enrevesada, pero lo que importa es que este duelo de mi orgullo contra su vacile tendré que dejarlo ir al otro lado esta vez. Eso sí, me da en la nariz que hoy tendré que aguantar un buen chorreo, pero disfrutaré para mis adentros toda palabra que hoy salga de su boca porque, en el fondo, yo sé que algún día irá de vuelta.

Sé que gané la apuesta, pero por circunstancias por las que espero que alguien me pague una buena cerveza alguna vez, he de decir que no. Me siento como el jugador de mus al que le cortan de primeras y su compañero, que es mano, le manda seña de dos cerdos. "Tú ve yendo", piensas, que cuando lleguen los pares charlamos un rato compadre. Pues eso...

Al menos conseguí ver que, aunque solo lo pueda saber yo y una chica a la que apenas conozco a 1000 kilómetros de distancia y que se vio inmersa en esta tontería sin querer, puedo ganar esta propuesta absurda. En mi estilo, fui un poco bocas, pero no del todo por lo que se ve. Por el momento pierdo, pero ya se sabe que el que ríe el último...

martes, diciembre 11, 2007

La normalidad

No se trata de que todo huela a flores, ni que parezca que el sol te saluda por las mañanas. No se trata de que creas ver a la gente sonreir constantemente, ni que seas feliz por normativa.

Al contrario, se trata de cabrearte con tus cosas, de tener conversaciones normales, de estar a gusto en zapatillas o de pedirte otra cerveza si la quieres. Es cuestión de tener la sensación de que no estás actuando, de que puedes hablar de tonterías, de que puedes reirte de tus fallos y vacilar a los demás.

Uno nota, a veces, que se ha pasado un tiempo persiguiendo al correcaminos y que ahora, con otros ojos, encuentra que la normalidad es un bien preciado. Por suerte me rodea gente normal, de la que te cruzas por la calle todos los días. Gente que se enfada y se cabrean contigo, que tienen unos líos macanudos en la cabeza y que no visten de rosa ni huelen las nubes. Y con el tiempo aprendes que todo esto, aún sin ser como sale en las películas, es mucho más divertido porque no hay guión preparado ni te suenan los violines para que quede más bonito. Aquí hay frío, la lluvia te moja y los bares siguen poniendo Estrella Galicia. Todo es normal.

lunes, diciembre 10, 2007

El juego de los sombreros

En una mesa hay cinco sombreros: tres negros y dos blancos. Tenemos tres personas con los ojos vendados a los que ponemos un sombrero a cada uno. Los ponemos en fila, y les quitamos la venda, de forma que el que está detrás puede ver los sombreros de los dos que tiene delante. El segundo puede ver el sombrero del primero y el primero no puede ver ninguno. Nadie puede ver su propio sombrero. Nadie puede ver los sombreros restantes en la mesa.

Preguntamos al tercero (al de detrás), de qué color es su propio sombrero. No puede contestar, no sabe. Le preguntamos al segundo entonces, pero tampoco puede contestar. Nos dirigimos al primero, y este sí sabe perfectamente de qué color es su sombrero.

¿De qué color es el sombrero del primero de la fila? ¿Cómo lo supo?

viernes, diciembre 07, 2007

La mayor es rubia

Dos amigos que hace mucho tiempo que no se ven, se encuentran un buen día y se ponen a charlar sobre su vida. Uno ha tenido tres hijas, y cuando el segundo le pregunta por sus edades este le contesta planteándoselo como un juego.

- Si multiplicas entre sí las edades de mis hijas, el resultado es 36. Si los sumas, obtendrás el número de la casa que tenemos aquí delante - dice el padre de las chicas.

El segundo mira a dicha casa y contesta:

- Me falta un dato.

- ¡Ah! sí, la mayor es rubia.


¿Qué edades tienen las hijas?

martes, diciembre 04, 2007

La mala leche

Hace unos días vi a un niño de 12 años, siempre más pausado que una película francesa, salir entre sollozos de una sala de juego porque había perdido una partida en la que tenía ventaja para haberla ganado. En menos de un minuto escuché un golpe bestial que sonaba a puñetazo a un armario. Tal cual.

Lo que el bueno de Andrés no sabrá es que, aunque no se va pegándole a los armarios por ahí, los jugadores que merecen la pena son los que sufren por perder. Hay que saber perder, sí, pero eso no quita que te duela. Porque perder jode, y mucho. Y esos son los jugadores que uno quiere, los que se comen el fallo y no les importa saber que es suyo. Otros, quizás, hubieran sido malabaristas de la excusa. Pero no él. Como Cesc cuando lo eliminaron del Mundial. Sí que hay que aprender a manejar la rabia, pero para eso, primero, hay que tenerla.

lunes, diciembre 03, 2007

La cosa está en...

La cosa está en hallarlo a usted
el día menos pensado, en cualquier sitio,
casualmente, donde usted y yo
podamos ver a cuatro manos los alrededores.
La cosa está en lo improbable,
en lo difícil, en lo imposible.
La cosa ésta allí mismo, donde no debería estar:
un paso más allá que el largo de las manos.

La cosa está en que un día
haya tiempo para todo:
para hablarnos sin apuros,
para compartir rocíos,
para ser fin de semana como si vivir
fuera tiempo libre, espacio para estar.
La cosa está en las cosas
que yo sé y usted no sabe,
y en las cosas que usted sabe,
y yo no sé todavía,
y en los sueños que nos faltan para realizar
nuestros sueños que son de canción.


La cosa ésta en no enloquecer,
en no aceptar, en preguntar
para que sirven todos los juguetes
que nos han dado guerra desarmándolos y armándolos.
La cosa esta en que no queda
remedio inteligente que no sea
usar las piezas que hay en los rompe-caminos,
e ir tirando por ahora, aunque más allá
persistamos en crear nuestra canción
con las piezas que queramos construir
que serán iguales.

Silvio Rodríguez