Euro 2008. Ya estamos aquí.
Poíto me regaló el título que nos preside. Nunca se podría haber descrito mejor. Si de otras selecciones se dijo que no había mejor gasolina que la fe, nosotros nos apuntamos al carro.
Fueron cerca de 15 metros, algo más de 20 zancadas, 5 segundos de angustiosa desesperación en la que recorrimos todas las emociones: la belleza del toque, la ilusión de la jugada, la frustración por ver delante al defensa, la rabia para sobrepasarlo, el ímpetu de tocar el balón... y el delirio del gol. En 15 metros pasaron tantas cosas...
En 15 metros cambiamos la ilusión en el aire por la realidad del disfrute. Vi el partido entre 1500 personas y tenía delante a un niño que no levantaba medio metro del suelo. Enfundado en su camiseta roja gritaba como el que más, con la alegría y la dulce ignorancia atrevida que tienen los niños. Esos niños que nos alegran la cara. En 15 metros los niños cambiaron el cuento que les tocaría escuchar, que palidecía de lánguida desesperación y frustaciones cada vez más esperadas por un cuento, con más colores, y en el que los héroes derrotaban a los malos y se iban con la chica. Fueron 15 metros lentos, pues nos llevó 44 años recorrerlos. Fueron 15 metros con sudor, alientos oscuros y lágrimas por el camino. Esos 15 metros que ayer en el Prater separaron el punto de arrancada del 9 hasta el lugar donde la bota impactó con la pelota son la historia que ha cambiado. Nada más que 15 metros. Nada menos que 15 metros. Ayer, en 15 metros se cambió el color de un país.
Esos niños que ayer vieron esa carrera de 15 metros solo habían visto llorar a la roja una vez, quizá dos. No sabían que muchos no vieron el partido contra Italia hasta que parecía que sí, que podíamos de verdad. No sabían que en este país acostumbramos a ser los que tiramos por la borda a nuestra propia selección antes que nadie. Esos niños tiene héroes, creen que vamos a ser campeones del mundo fácil, porque creen que somos los mejores. Por eso ganamos. Los niños se ven, y quiere ser Casillas, Xavi, Cesc, Villa...o el 9. Esos niños creyeron, pues, que siempre era así. Porque jugábamos bien y ganábamos fácil, creyeron que cada vez que haya un torneo habrá pantallas en las plazas. No pueden imaginar que la gente llore por ganar, porque lo raro debe ser perder, pensarán ellos.
Los niños, siempre los niños, son la nueva generación que no se podrá creer las historias de Tasottis, Al - Gandures y demás. Porque a los rojos no les pasa eso. Los rojos siempre ganan. No fallan penalties, no pierden por el árbitro, no se vuelven en cuartos. No sabrán los niños qué es eso de que siempre ganan los alemanes. Los niños ahora saben que, aunque todo vaya mal, la roja va a ganar. Porque ya no vale la milonga de que siempre es igual, acaso si alguien se le ocurre mencionarlo vendrá un niño y le preguntará: ¿por qué dices eso si ganamos siempre?
Ayer ganamos tantos y tantos niños... pero perdimos uno. Uno que tardó varios años en recorrer 15 metros. Esos 15 metros que corría cuando era un chaval, en otras categorías, en otros lugares. Ayer, los 15 metros de verdad le esperaron. Y los corrió. Corrió como si su vida fuera en ello, porque no hay otra manera de correrlos. Corrió con fe, con la ilusión que tiene el que sabe que va a llegar. Con esa fe que antes siempre decíamos que tenían los alemanes. Ayer la fe fue roja. Ayer, en esos 15 metros que ese niño recorrió, ese niño se volvió un hombre. Apareció sin llamar a la puerta, y dijo aquello de: "yo no llego tarde, porque si eres importante apareces cuando debes... y la gente te espera". Don Fernando Torres, bienvenido.
Supuestos grandes del mundo, volvereis a pegarnos en los grandes partidos. Puede ser. Pero sabed que ahora la fe también se viste de rojo. Ya no caben más milongas. Ahora ya no. Miradlos a la cara. No son de Berlín, Bonn, Roma, Florencia, Nápoles, Niza, París, Amsterdam... no. Son de Madrid, de Valencia, de Asturias, de Cataluña. Y con ellos estamos todos, porque los niños lo mandan. Tardamos los 15 metros más largos que se han recorrido, pero ya llegamos. Ya estamos aquí.
