La vanidad
Decía Al Pacino en "Pactar con el Diablo" que la vanidad era su pecado favorito. Es comprensible, a fin de cuentas es bastante habitual que a todos nos guste que nos digan lo buenos que somos, lo guapos que estamos hoy (y ayer y mañana) y las chorradas habituales que a uno le alegran el día. Ni siquiera tengo claro que sea un pecado, salvo que uno cultive la vanidad en exceso y se alimente de ella por encima de otros principios. Pero claro, todo lo que pase por encima de los principio y además se cultive en exceso es malo, y eso afecta tanto a la vanidad como a la humildad, tanto a la asertividad como a la timidez, tanto a la racionalidad como a la emotividad.
Se asocia la vanidad a los hombres, porque todavía mantenemos un criterio (desmesuradamente) machista sobre los roles sociales, y concebimos de manera a veces inconsciente que vanidad es engreímiento y está ligado con el éxito mal-llamado social (cuando en realidad hablamos de lo laboral o económico).
Pero hay otros tipos de vanidades. Yo me siento identificado con alguna de ellas, pues no puedo negar que lo soy (insisto en preguntar ¿quién no?) en ciertas ocasiones. Por circunstancias que no vienen al caso suelo caer mejor a las madres y a las abuelas que a las hijas, pero eso es otra historia. Aún así también cabe decir que son las madres y padres de "mis peques" los que me aprecian más que ellos (si no te quejas de tu entrenador, entonces tú lo estás haciendo mal). Y al final eso también es vanidad.
Todos, sin excepción, necesitamos un refuerzo constante de nuestro alrededor. Algunos más y otros menos. Algunos más explícito y otros menos, pero de alguna manera tiene que estar ahí. Supone para mi, obsesionado por momentos con el comportamiento de las personas, un reto el hecho de acertar con el nivel de "lanzamiento de flores" que es oportuno en cada momento. A veces peco de obediente, y me creo las falsas modestias cuando lo oportuno es no hacerles caso y ser una metralleta del halago barato y de la bisutería del embobamiento. Quizá eso sea también un grave error, y quizá un pecado: la obediencia. Incluso a veces uno se da cuenta de que otros comentarios son posibles, otros intentos, otros gestos. Pero no lo haces, porque has sido encomendado así.
Probablemente la vanidad sea un pecado, pero me resulta más interesante el otro polo, el que alimenta esa vanidad. De ese ajuste dependen a veces las más acertadas conclusiones y también las erráticas decisiones. Quizá en otro tiempo yo sea, en la parte que toque en cada momento, un tipo hábil para esto. Vaya por delante que creo que soy un palabrero de labia fácil, que según el bueno de Martín tenía que aprovechar más, y eso debe de servir para embobar a quien quieras. Pero si acaso te encuentras en la duda de si llegas tarde para hacerlo, es que llegas tarde. Y la vanidad se habrá ido a buscar a quien le dé de comer, aunque sea el que la alimenta como quien da de comer al hambriento y no como quien quiere enseñarle a pescar.
Se asocia la vanidad a los hombres, porque todavía mantenemos un criterio (desmesuradamente) machista sobre los roles sociales, y concebimos de manera a veces inconsciente que vanidad es engreímiento y está ligado con el éxito mal-llamado social (cuando en realidad hablamos de lo laboral o económico).
Pero hay otros tipos de vanidades. Yo me siento identificado con alguna de ellas, pues no puedo negar que lo soy (insisto en preguntar ¿quién no?) en ciertas ocasiones. Por circunstancias que no vienen al caso suelo caer mejor a las madres y a las abuelas que a las hijas, pero eso es otra historia. Aún así también cabe decir que son las madres y padres de "mis peques" los que me aprecian más que ellos (si no te quejas de tu entrenador, entonces tú lo estás haciendo mal). Y al final eso también es vanidad.
Todos, sin excepción, necesitamos un refuerzo constante de nuestro alrededor. Algunos más y otros menos. Algunos más explícito y otros menos, pero de alguna manera tiene que estar ahí. Supone para mi, obsesionado por momentos con el comportamiento de las personas, un reto el hecho de acertar con el nivel de "lanzamiento de flores" que es oportuno en cada momento. A veces peco de obediente, y me creo las falsas modestias cuando lo oportuno es no hacerles caso y ser una metralleta del halago barato y de la bisutería del embobamiento. Quizá eso sea también un grave error, y quizá un pecado: la obediencia. Incluso a veces uno se da cuenta de que otros comentarios son posibles, otros intentos, otros gestos. Pero no lo haces, porque has sido encomendado así.
Probablemente la vanidad sea un pecado, pero me resulta más interesante el otro polo, el que alimenta esa vanidad. De ese ajuste dependen a veces las más acertadas conclusiones y también las erráticas decisiones. Quizá en otro tiempo yo sea, en la parte que toque en cada momento, un tipo hábil para esto. Vaya por delante que creo que soy un palabrero de labia fácil, que según el bueno de Martín tenía que aprovechar más, y eso debe de servir para embobar a quien quieras. Pero si acaso te encuentras en la duda de si llegas tarde para hacerlo, es que llegas tarde. Y la vanidad se habrá ido a buscar a quien le dé de comer, aunque sea el que la alimenta como quien da de comer al hambriento y no como quien quiere enseñarle a pescar.

2 Comments:
At 2:27 a. m.,
Anónimo said…
De lo mejor que has escrito
At 9:32 p. m.,
Don Pombo said…
Todos somos vanidosos y que es lo que nos hace personas. A mi me encantan que me den cremita aunque solo sea para despues darte por......... duele menos.
jajajaja
Es broma muy bueno se notan los años en la carretera de Noia.
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