Blanco Valdés, el "opinador" de todo.
Escribe el "opinador" Blanco Valdés el viernes pasado un artículo sobre el botellón (http://www.lavozdegalicia.es/opinion/2009/07/10/0003_7838738.htm) con esa actitud altiva tan repelente sobre la frenética decadencia de la juventud, y estas cosas que se trae alguna gente últimamente. No he podido evitar mandar una carta al director, (de la cual le mandé copia a su e-mail a él mismo). Como no la publicarán, me doy el gusto de que alguien le pueda apetecer leerla aquí.
El revolucionario Blanco Valdés
Encuentro en la edición de La Voz del viernes 10 de julio un artículo del habitual Blanco Valdés, acerca del fenómeno del “botellón” y su valoración tanto del hecho en sí como de los jóvenes que lo practican. Tal y como ocurrirá con la mayoría de quien lo haya leído, no puedo compartirlo ni en fondo ni en forma.
Por discutir el fondo le diré, en primer lugar, que no comparto ese discurso catastrofista y demonizador de la juventud. Ni hay creencia de que sin beber no se puede pasar bien (se puede y se hace muy a menudo, le sorprendería), ni nada por el estilo. Quizá ese pensamiento esté más en la cabeza de quienes creen que nadie lo hizo tan bien como su propia “quinta”, pero no en el de la generación joven que está presente hoy.
En segundo lugar he de explicar, en la medida en que vivo el fenómeno botellón desde hace tiempo (tengo 27 años), que la explicación real de este fenómeno es económica. Simple y llanamente. Para usted no será botellón el hecho de que, después de cenar en un buen restaurante, sus compañeros de mesa puedan pedir un par de copas cada uno y disfrutar de la compañía hasta que se dan cuenta de que han terminado una botella. Créame, si eso pudiera ser posible para los jóvenes que usted juzga con ligereza, lo harían. Ese paseo que dice que se puede dar uno para observar el botellón se lo invito yo a dar usted en pleno invierno con un frío demoledor. Nadie está allí por ganas, sino porque les apetece como a usted o como a mi estar al calor y no preguntarse si por pagar una copa tendrán que renunciar a otras cosas, pero no pueden. Ni beber sin sentido, que parece que es la primera vez que los jóvenes se toman unas copas en la Historia de este país, ni descontrol. Los universitarios, cuando pueden, se juntan en los pisos para tomarse algo porque allí hay sofás, calor, nevera y no llueve. Y es exactamente lo mismo. Del tema garrafón, no hablamos, claro.
En cuanto a la forma, sr. Blanco, he de decirle que comparto que un borracho de un pueblo no es chic. Pero los jóvenes no buscamos ser chic, y no consideramos que los borrachos de pueblo sean peores que los de ciudad. Señala usted, además, a los jóvenes que antes buscaban un mundo mejor, y me niego a tener que explicarle que la generación de hoy en día está muy comprometida. Usted, desde su posición, lo sabe, y si no lo quiere reconocer es difícil explicarlo. El Prestige, la LOU, los incendios,...todos los grandes movimientos sociales actuales, por centrarnos en Galicia, los han protagonizados los jóvenes que usted demoniza, con esa melancolía casposa hacia otros tiempos. Y eso no son formas.
Yo no le llamaré fascista, por supuesto, como bien dice usted con toda razón sobre el término. Lo que le apunto es que quizá usted esté haciendo no una valoración social de un hecho al que usted le atribuye una actitud que lo explica, cuando lo que lo explica (y por tanto lo que usted está valorando) es una cuestión económica. Y eso no es fascismo, pero sí es clasismo.
Parafraseando su último comentario, cabría decir también que ninguna pedagogía sobre la libertad de expresión debería de excluir los límites de la libertad de expresión.
El revolucionario Blanco Valdés
Encuentro en la edición de La Voz del viernes 10 de julio un artículo del habitual Blanco Valdés, acerca del fenómeno del “botellón” y su valoración tanto del hecho en sí como de los jóvenes que lo practican. Tal y como ocurrirá con la mayoría de quien lo haya leído, no puedo compartirlo ni en fondo ni en forma.
Por discutir el fondo le diré, en primer lugar, que no comparto ese discurso catastrofista y demonizador de la juventud. Ni hay creencia de que sin beber no se puede pasar bien (se puede y se hace muy a menudo, le sorprendería), ni nada por el estilo. Quizá ese pensamiento esté más en la cabeza de quienes creen que nadie lo hizo tan bien como su propia “quinta”, pero no en el de la generación joven que está presente hoy.
En segundo lugar he de explicar, en la medida en que vivo el fenómeno botellón desde hace tiempo (tengo 27 años), que la explicación real de este fenómeno es económica. Simple y llanamente. Para usted no será botellón el hecho de que, después de cenar en un buen restaurante, sus compañeros de mesa puedan pedir un par de copas cada uno y disfrutar de la compañía hasta que se dan cuenta de que han terminado una botella. Créame, si eso pudiera ser posible para los jóvenes que usted juzga con ligereza, lo harían. Ese paseo que dice que se puede dar uno para observar el botellón se lo invito yo a dar usted en pleno invierno con un frío demoledor. Nadie está allí por ganas, sino porque les apetece como a usted o como a mi estar al calor y no preguntarse si por pagar una copa tendrán que renunciar a otras cosas, pero no pueden. Ni beber sin sentido, que parece que es la primera vez que los jóvenes se toman unas copas en la Historia de este país, ni descontrol. Los universitarios, cuando pueden, se juntan en los pisos para tomarse algo porque allí hay sofás, calor, nevera y no llueve. Y es exactamente lo mismo. Del tema garrafón, no hablamos, claro.
En cuanto a la forma, sr. Blanco, he de decirle que comparto que un borracho de un pueblo no es chic. Pero los jóvenes no buscamos ser chic, y no consideramos que los borrachos de pueblo sean peores que los de ciudad. Señala usted, además, a los jóvenes que antes buscaban un mundo mejor, y me niego a tener que explicarle que la generación de hoy en día está muy comprometida. Usted, desde su posición, lo sabe, y si no lo quiere reconocer es difícil explicarlo. El Prestige, la LOU, los incendios,...todos los grandes movimientos sociales actuales, por centrarnos en Galicia, los han protagonizados los jóvenes que usted demoniza, con esa melancolía casposa hacia otros tiempos. Y eso no son formas.
Yo no le llamaré fascista, por supuesto, como bien dice usted con toda razón sobre el término. Lo que le apunto es que quizá usted esté haciendo no una valoración social de un hecho al que usted le atribuye una actitud que lo explica, cuando lo que lo explica (y por tanto lo que usted está valorando) es una cuestión económica. Y eso no es fascismo, pero sí es clasismo.
Parafraseando su último comentario, cabría decir también que ninguna pedagogía sobre la libertad de expresión debería de excluir los límites de la libertad de expresión.
