Toros y mitos
En tiempos en los que España gana Mundiales de Fútbol, los bancos se estresan (¿tomaran antidepresivos en formato de subida de tipos de interés? O sea, antidepresivos que son supositorios...para el paria de turno), que Ruiz Mateos vuelve a salir por la tele y otras cuestiones igual de interesantes, mi reciente visita al sur me hace pensar en alguna historia curiosa.
Hace tiempo que me había posicionado, hacia mí mismo, en cuanto a la mal llamada fiesta nacional de los toros. En contra. Así, creyendo que cuanto más simple era la postura, más dogmática se convertía. Y en realidad creo que estaba (o estoy) equivocado en la formulación.
He podido vivir, una vez más, la visión que tienen en ciertos puntos de España sobre la tauromaquia. En este caso estuve en Linares, tierra de toreros por excelencia y que tiene en su historia el haber sido el lugar donde murió Manolete. Por casualidades diversas pude visitar un museo montado en un bar. La "famosa" taberna del Lagartijo, en Linares, alberga en la parte de atrás un espacio en formato museo en el que se respira adoración y mitomanía por todos los lados. Como no podía ser de otra manera, recuerdo y homenaje a Manolete, con la camilla real de su intervención en la plaza allí colocada a modo de altar mayor.
Es profundo el sentimiento de identidad alrededor de tal festejo. En particular me sigue pareciendo horrible, indecente y salvaje. Pero ahora creo percibir algo que me confunde más todavía, y no es solamente el respeto por eso que llaman la tradición, ni el origen de tal atrocidad, sino la sublima dedicación al culto y honra del torero, convertido en deidad mitificada. Más que a quienes juegan al fútbol o cantan en un escenario. Ya no es el seguimiento del toreo desde las posturas carcas y arcaicas, ni como un gesto que marca un estatus de clase (como muchos lo entienden, sobre todo los que se consideran de clase alta), ni como muestra de un supuesto nivel intelectual como algunos quieren mostrar por la presencia de Sabinas varios o los textos Lorquianos mal entendidos fuera de época.
En un país en el que menos del 2% de la población sabría decir cuántos premios Nóbel hemos parido, crece la genuflexión moral ante los máximos exponentes de un acto desgarradoramente inhumano. Personalmente detesto la matanza del toro como fiesta, regodeando en el sufrimiento animal. Trato de respetar a quienes aceptan e incluso gustan de ello, aunque a veces me cuesta soportar la postura. Lo que me deja de verdad descolocado es la idolatría y la parafernalia inmensa e ingente, que persiste en descubrir cuán diferente piensa y siente cada uno, y hasta donde estamos dispuestos a no entendernos como sociedad supuestamente civilizada.
Hace tiempo que me había posicionado, hacia mí mismo, en cuanto a la mal llamada fiesta nacional de los toros. En contra. Así, creyendo que cuanto más simple era la postura, más dogmática se convertía. Y en realidad creo que estaba (o estoy) equivocado en la formulación.
He podido vivir, una vez más, la visión que tienen en ciertos puntos de España sobre la tauromaquia. En este caso estuve en Linares, tierra de toreros por excelencia y que tiene en su historia el haber sido el lugar donde murió Manolete. Por casualidades diversas pude visitar un museo montado en un bar. La "famosa" taberna del Lagartijo, en Linares, alberga en la parte de atrás un espacio en formato museo en el que se respira adoración y mitomanía por todos los lados. Como no podía ser de otra manera, recuerdo y homenaje a Manolete, con la camilla real de su intervención en la plaza allí colocada a modo de altar mayor.
Es profundo el sentimiento de identidad alrededor de tal festejo. En particular me sigue pareciendo horrible, indecente y salvaje. Pero ahora creo percibir algo que me confunde más todavía, y no es solamente el respeto por eso que llaman la tradición, ni el origen de tal atrocidad, sino la sublima dedicación al culto y honra del torero, convertido en deidad mitificada. Más que a quienes juegan al fútbol o cantan en un escenario. Ya no es el seguimiento del toreo desde las posturas carcas y arcaicas, ni como un gesto que marca un estatus de clase (como muchos lo entienden, sobre todo los que se consideran de clase alta), ni como muestra de un supuesto nivel intelectual como algunos quieren mostrar por la presencia de Sabinas varios o los textos Lorquianos mal entendidos fuera de época.
En un país en el que menos del 2% de la población sabría decir cuántos premios Nóbel hemos parido, crece la genuflexión moral ante los máximos exponentes de un acto desgarradoramente inhumano. Personalmente detesto la matanza del toro como fiesta, regodeando en el sufrimiento animal. Trato de respetar a quienes aceptan e incluso gustan de ello, aunque a veces me cuesta soportar la postura. Lo que me deja de verdad descolocado es la idolatría y la parafernalia inmensa e ingente, que persiste en descubrir cuán diferente piensa y siente cada uno, y hasta donde estamos dispuestos a no entendernos como sociedad supuestamente civilizada.

5 Comments:
At 5:52 p. m.,
Anónimo said…
Hoy he visto en el telediario como hablaban de un toro como una estrella, le llaman Ratón y parece ser que anda de gira por ahí de pueblo en pueblo y de fiesta en fiesta, su caché creo que superior a los 6.000 euros y su arte, el de ser más listo de los demás cogiendo personas. Tiene una larga lista de cogidas y dos muertos en fiestas varias, le definen como un toro peligroso y algunos le apodan el asesino. En un pueblo de Zaragoza están encantados con la llegada del animal y el ayuntamiento se gastó más de 9.000€ para traer el bicho y montar la fiesta. Supongo que habrá quien esté esperando a ver a cuantos coge y, dios no lo quiera, mate a alguno. Me pregunto que pasará si eso sucede...
At 10:52 a. m.,
Poito said…
Me paso la vida eligiendo entre las distintas tonalidades de gris a la hora de valorar las cosas, pero en este terreno de la tauromaquia, como en el fútbol, no soy capaz. aquí soy negro como la noche.
Ni la mitomanía para con los matadores, ni las liturgias ni la madre que los parió a todos.
En mi cabeza no entra de qué forma alguien con un mínimo de capacidad intelectual y el menor respeto al entorno exigible pueda divertirse con tal despropósito.
Toda medida restrictiva con este "espectáculo" (vergüenza, diría yo) se me antoja escasa, salvo que se trate de su total abolición.
Dicen que hay lugares donde lo hacen sin dañar al toro...bueno, yo no los conozco y no me imagino cómo, porque no hay torero con los cojones suficientes para ponerse delante de un toro al que no hayan castigado a base de bien previamente.
At 11:22 a. m.,
Anónimo said…
Al cuento he visto esta mañana en la tele el revuelo montado ante la posibilidad de que en Cataluña se acabe con el asunto del toreo. Me parece increíble que los argumentos en los que se centraba el tema fuesen el sufrimiento o no del animal. Con un par de huevos los defensores del toreo decían que no existen pruebas de que el animal sufra. Pero es que no lo decía uno, era un argumento que esgrimían todos y entrevistados por separado. Me parece que sólo esto ya deja claro el tipo de perfil que gusta del toreo. Al menos decir "vale sufre pero a mí me importa un bledo porque me lo paso bien" me parece básico.
At 9:06 a. m.,
Poito said…
Una cosa más:
Visca Cataluña!
Un paso adelante en la democracia
At 9:38 a. m.,
Toño said…
De acuerdo con las palabras de Pedro, y mostrando mi postura totalmente contraria a la "¿fiesta? nacional", el comentario que yo quería exponer es el siguiente:
Los toros entendidos como tradición que no se debe de perder es respetable, porque son varios siglos de historia y todo eso. Y aquí ya viene el tema complicado. Como bien dice Pedro hay toreros que se ponen de rodillas a esperar la salida del toro (a porta gayola que le dicen), pero no conozco a ninguno que tras este acto de "valentía" y cuando la cosa se le pone un poco más complicada con el toro diga: "que no salgan los banderilleros y picadores, somos el animal y yo"
Además (y ya sé que puede parecer totalmente irracional el comentario que viene a continuación), cuando el torero hiere al toro, se permite que lo mate (a veces con mala o peor puntería a la hora de realizar esta maniobra) y lo arrastran una vez muerto por la arena para retirarlo del ruedo. Sin embargo, cuando el toro es el que gana la partida y hiere al torero, a este último se le ayuda sacándolo en volandas y evitándole el sufrimiento en la medida de lo posible (El toro probablemente no llegue a disfrutar de esa noche). ¿Es tan justa esa batalla como dicen?
Por eso creo que si tanto quieren los protaurinos que siga el toreo deben de adaptarlo a la sociedad actual
Joder! es que sino ¿¿¿por qué no sigue habiendo señores feudales y derecho de pernada???? (Seguro que más de un protaurino se hace esta pregunta con otro tono...)
Como buen biólogo que soy y parafraseando a uno de los grandes del tema, en la naturaleza hay una norma básica "adaptarse o MORIR".
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