No Somos Nadie

miércoles, noviembre 26, 2008

Si hace falta, está Raúl.

Siempre fue así, y a veces hasta parece que siempre lo será.

No tiene la potencia de Ronaldo, la imprevisibilidad de Romario, la obsesión de Villa, la calidad de Henry, la velocidad de Eto´o... ni siquiera parece un gran tipo cuando acaba el partido. Seguramente es un engreido, un absurdo niño mimado del fútbol de hoy que tanto (y tantos) genera en los últimos años un club tan caótico como incontrolable.

Sin embargo, allá donde juegue ese equipo devastado por sí mismo, estará Raúl. Porque estuvieron muchos, están otros y estarán muchos más. Y al final, cuando uno se va a mirar fríamente lo que pasa, cuando todo empieza a ponerse en duda llega Raúl y mete un churrigol. Y el equipo gana.

Con esa tranquilidad de quien sabe que nadie prestará atención a lo que hace, va y lo hace. Es su oficio. Es su trabajo. Y hace su trabajo, y más. Marcha del campo aplaudiendo a sus compañeros, siempre. Se erige en líder de los grupos más difíciles, pero nunca da un problema en público, nunca un titular macabro, nunca un terremoto. No es así.

Muchos quisieron enterrarle a los 27 o 28. Apenas uno o dos años después de marcar en la final de la tercera Champions que ganaba. Ya había marcado en otra, claro. Y en alguna final intercontinental, también. Porque siempre marca. Uno se va al libro de la memoria, esa selección de momentos brillantes y él nunca está. Está los goles de otros, los pases de otros... él nunca está. Merecidamente porque, aunque la tiene, nunca fue un jugador de la mejor calidad.

En el fondo, la curiosidad está ahí, en que nadie sabe por qué pero está. Y eso confunde y genera dudas, lleva a engaños y a conclusiones erróneas. Hay trabajadores que con su oficio se ganan el lateral derecho, el medio defensivo y algún central. Hay porteros que viven toda su carrera de ser nada más que "sobrios". Hay mediocampistas que pasan toda la vida "aportando". Pero los delanteros están obligados a marcar diferencias, y hoy en día parece que vivimos en un mundo donde las diferencias hay que marcarlas de manera estelar y vender más la forma que el fondo. Por eso se le ha matado demasiadas veces. Por eso algún día alguien dirá: "Ves, yo tenía razón, se retira" sin darse cuenta de que llevará 5,6 o 7 años diciéndolo. Claro, al final todos se retiran.

Hoy leo, y no me cabe más que una sonrisa al hacerlo, que no es simplemente el máximo goleador en la historia de la Champions, sino que empata con el amigo Inzagui como máximo goleador de la historia de las competiciones europeas. Son esas competiciones, para el que lo quiera saber, donde el tema se juega cada día a muerte y no hay amigos. Y será que habrá muchos máximos goleadores, porque sino hablarían de él como el mejor, ¿no? como en la Liga, como en el Madrid, como en la selección.

Creo que es totalmente entendible que se le critique, absolutamente. En cierta manera es normal, e incluso hasta bueno. Y el tipo no hará nada. Se irá aplaudiendo a la caseta, se irá para casa, entrenará sin levantar la voz y cuando le toque volver a salir al campo se dejará los huevos en tratar de que el equipo corra y defienda una camiseta con la que sueñan los niños. Y no será él la estrella nunca, ni siquiera sabemos muy bien a qué se dedica (a veces delantero, a veces mediapunta, a veces interior derecho...) pero el tipo, cuando vas y miras lo que de verdad hace tu equipo, te lo encuentras. Este año lleva 9, el año pasado metió 20...

Al final, cuando nadie cree en el equipo, cuando estamos todos a punto de mandarlo todo al viento e irnos a ver al Villareal, al final aparece. Porque las estrellas son otra cosa, pero cuando estás jugándote las habas y no tienes ninguna luz que te ilumine, si eres del Madrid estás salvado... porque está Raúl.

jueves, noviembre 06, 2008

Obama, Kennedy, Ronaldo...

Si algo hay que se saque en claro después de las interminables elecciones de los EEUU, es que se necesitaba ilusión. Este Obama la ofrece, la vende y la capitaliza. Al menos le dará para empezar con empuje. Porque cuando la gente empieza en una crisis se aferra a lo seguro, a lo práctico, al sacrificio, al malo conocido y a la mano dura. Pero cuando aún así no hay manera de revolverse y dar la vuelta a las cosas, ya solo queda la esperanza y la ilusión, y esas no son fáciles de despertar.

Bush se ganó la reelección con la política del miedo, de la seguridad, rentabilizó el 11-S al máximo. Así lo han hecho tantos y tantos, apelar al miedo para ofrecerse como solución, o conmigo o contra mi. Lo hizo Nixon, lo hizo Capello...

Pero cuando se necesita la ilusión aparecen, como provocados por el límite, aquellos magos de la ilusión que generan bocas abiertas y hacen que se contengan los suspiros. Apareció Kennedy, apareció John Lennon, apareció Ronaldo...

Y como ratones que siguen al flautista de Hamelin los demás nos encomendamos a ellos, que caminan 5 centímetros por encima del agua y llevan en volandas a quien los sigue, a todos. Antes de hacer nada se les defiende, ante las injusticias se les defiende, ante las justicias también porque nos ciega su aureola... todo porque sabemos que si aparece una dificultad, él nos llevará por el buen camino.

Pero la Historia nos enseñó que la ilusión es temida por muchos, que consideran que adormilar y calmar es la mejor manera de guiar y encaminar. Y así aparecen siempre las manos que manejan los hilos, los espíritus que retiran la ilusión del escaparate. Fue Lee J. Oswald, fue Mark Chapman, fue Capello...

Y así vuelven a sentar el miedo y el pánico y retoman su mando. Pero al final, cuando ya no quede nada, cuando se haya perdido hasta el valor del sacrificio, cuando mires a los lados y veas que tu país no va, que Nixon roba sin piedad, que Reagan monta misiles en el espacio, que Bush te mete en un túnel profundo y sin salida, que Del Piero te retrata y te deja en pañales... al final necesitas la ilusión. Y ya no queda más que esperar que aparezca alguien que todavía quiera desafiar a la Historia, ponerse delante de un rifle de algún pirado y decir que sí, que se puede, que no todo está perdido. Y como un flautista vuelve a llevarse a un país bajo el brazo. Ese es Obama. Pero bajando a las banalidades del día a día, otros nos preguntamos... ¿Quién nos a salvar a nosotros? ¿Quién nos hará suspirar?

A veces echo tanto de menos ese cosquilleo que me entraba por el cuerpo cuando Ronaldo cogía el balón en la frontal... menos mal que estábamos hablando de Obama.

martes, noviembre 04, 2008

Anfiel: donde el juego se hace historia

A raíz del fútbol, siempre el fútbol, se habla hoy de Liverpool. Y de Anfield, como no. Imposible entonces resistirse a la tentación de contar la impresión de salir a Anfield y mirar tanta leyenda concentrada en un 100x60.

Liverpool es una ciudad fría, que ya pasó tiempos mejores y donde la humedad se le cuela a uno por los poros. Cabe poco margen para las filigranas y las retóricas imperturbables en Liverpool. No sé muy bien por qué acabamos allí, pero el tío Saru y yo pasamos un par de días por aquella ciudad inhóspita, norteña y extraña. Quizá fuera el amigo John, que nos llamó, pero eso es otra historia...

Liverpool vive por obligación, como quien va al trabajo el lunes por la mañana con mala cara, nariz sonrojada, metido en la bufanda y sin ver llegar el fin de semana. Sin embargo algo resuena en su fondo, algo que es difícil de explicar. No podíamos pasar sin visitar uno de esos lugares creados alrededor de un esférico de cuero, uno de aquellos parajes perdidos en el mundo que le hacen temblar las piernas a muchos. Buscamos nuestro bus y nos subimos cuando creíamos que era ese. Para confirmarlo solo cabía preguntarle al conductor. "to Anfield?", "unfortunately", y entonces empezamos a entender muchas cosas.

El autobús subía hacia los barrios donde solo se veían casas y jardines, donde no habría más que algún pub perdido. Un par o tres de cruces de calles en obras, dos giros a la izquierda, uno a la derecha y subir por una calle que perfectamente podía estar en Vigo y de repente se abren las casas y se aventura un espacio enorme que solo puede cubrir algo monumental... y te lo encuentras de frente. Un escudo que infunde respeto y una leyenda indomable que marca el territorio por si alguien se atreviera a pensar en invadirlo: This is Anfield.

La estatua de Bill Shankly, permanentemente vivo en todo el estadio, preside la entrada. El guía, con el ánimo más encendido que he visto a un guía en mi vida, nos aventura una visita excepcional. Nos lleva a la entrada de jugadores. Pasas por los espacios de prensa y, como quien no quire la cosa, entra en el vestuario del Liverpool. De manera efectista las camisetas de los jugadores están colgadas cada una en su sitio, porque todo en Anfield tiene un sitio y un por qué. Los porteros juntos, los defensas juntos, los medios juntos y los delanteros juntos. No existen camarillas, no existen países, en el Liverpool solo cabe el trabajo bien hecho. Una ciudad que vive para trabajar no podía funcionar de otra manera. Una puerta que no se sabe que tiene dentro, y que se niegan a abrir, un vestuario en el que se han sentado algunos muy grandes, y una llamada para salir al campo. Y entonces lo ves. Sales del vestuario y te encuentras con ese escudo infatigable, presente en cada esquina. Tanto has oído hablar de ello y lo tienes allí delante. El pasillo donde se encuentran los equipos antes de salir al campo, donde el Liverpool deja a sus rivales que esperen por ellos para que sientan el rugir de la grada.

La ambientación surte efecto, los eficaces trabajadores de la casa arrancan a todo tronar una grabación del cántico, y tras encender el ambiente ordenan salir a la gente al campo. Y en estas te sientes futbolista, y necesitas unas botas y una camiseta. Porque pasas por debajo del escudo, alzas la mano para tocarlo, y te recorre un cosquilleo en forma de cántico: You´ll never walk alone. Y se abre el campo. Imposible no pensar "quién me diera un balón..."

Sentado en el asiento de Benítez pensaba que era un campo más, ni siquiera tan grande como otros. Entonces me di cuenta de que en esa ciudad solo había dos cosas: The Beatles y el Liverpool F.C. , y yo había ido a esa ciudad a la que no volveré en mi vida solo para verlas. Miré a la grada de "The Kop", donde los marineros y trabajadores de Liverpool acudían a animar a su equipo antigüamente, hoy reformada para evitar malos recuerdos del pasado. Me imaginé que había 45.000 tipos diciéndome que nunca caminaría solo y pensé: ¿Pero cómo cojones hay alguien que dice que esto es sólo un juego?